Con la punta de la nariz, Hector desliza lentamente por la piel expuesta de la mujer, inhalando su perfume como si estuviera saboreando el peligro. La chica cierra los ojos, estremecida, mientras él coloca la mano firme en su cintura, atrayéndola discretamente más cerca.
Mark observa la escena, negando con la cabeza en incredulidad; aunque no le gustaba meterse en la vida del amigo, decide comentar:
—Cuidado —provoca con una sonrisa. —Dicen que el pecado siempre cobra su precio.
Hector solo son