Así que Ava sale y la puerta se cierra con un golpe; el silencio que se instala es ensordecedor.
Hector se queda allí parado por algunos segundos, jadeante, mirando a la nada. El pecho sube y baja como si estuviera intentando contener una explosión interna. Pero no puede.
Se levanta de golpe, en un impulso lleno de rabia contenida, y grita:
—¡Mierda! —su voz resuena por la sala.
Agarra el vaso sobre la mesa y lo lanza contra la pared con fuerza. El vidrio se hace añicos, estallando como el últi