Saliendo del teatro, ya era el atardecer. Adriana se subió al coche de Andrés, manteniéndose alerta durante todo el trayecto. Andrés notó su mirada y rió.
—¿Tienes miedo de que tenga malas intenciones contigo?— preguntó.
—Hablando sinceramente, no tengo miedo. Es más bien que siento que ya estás llevando a cabo esas malas intenciones— respondió Adriana, mordiendo un trozo de su barra de chocolate.
Andrés rió.
—Dame una barra de chocolate— pidió.
—No hay más— respondió.
—¿Tacaña?
—Ocho dólares ca