Con renovada confianza, grité:
—¡Diego, ya que insistes tanto, te daré lo que quieres!
Apenas terminé de hablar, la gran pantalla fuera de la habitación, antes silenciosa, de repente emitió la voz coqueta y engatusadora de Valeria:
—¿En serio? Eres tan cruel, me das un poco de miedo.
Todas las miradas se dirigieron directo hacia allí. En la pantalla se reproducía una grabación del consultorio de Valeria.
Se veía a Valeria abrazando de manera seductora el cuello de Diego, sentada en su regazo, mo