La noticia escandalosa se extendió por la pequeña ciudad al día siguiente.
El director Sanz, sin atreverse siquiera a denunciar ni a exigir responsabilidad alguna, se internó de forma discreta en su propio hospital, alegando una caída.
Las enfermeras susurraban entre risas:
—¿Desde cuándo una caída deja marcas de bofetadas tan profundas por toda la cara?
Valeria, avergonzada para ir a trabajar, se aferraba a Diego como a un clavo ardiendo.
—Lo que pasó entre el director Sanz y yo... él me obligó