El ruido repentino a mis espaldas me hizo jadear. Guardé el teléfono encriptado en el compartimento secreto, cerré el cajón de golpe y me giré.
El corazón me latía tan rápido que sentía que se me iba a salir del pecho.
Robert estaba de pie en el umbral del oscuro estudio.
La luz de la luna iluminaba su rostro, haciendo que su expresión fuera completamente indescifrable. Llevaba su bata de seda gris, con los brazos cruzados sobre el pecho. Me miró fijamente durante un largo y angustioso instante