A las 2 p.m., unos golpes continuos y violentos en la puerta me sobresaltaron, interrumpiendo mi búsqueda desesperada de mis píldoras anticonceptivas. ¿Dónde demonios las había dejado? Lancé mi ropa por todas partes, rebuscando en el armario y enmis bolsos. Tenían que estar en algún lugar. Ugh.¡BANG! ¡BANG!
¿Quién era y dónde demonios estaba Daniel? Bajéapresuradamente, el estruendo volviéndose más fuerte a cadaminuto. Abrí la puerta de golpe y me quedé congelada. Allíestaba —en carne y hueso.