Epilogo II: Y comimos perdices.
Me volví a mirar en el escaparate, y sonreír. Hoy mi doctora me dio el alta ósea que ya podía practicar sexo con mi marido, él no estaba en Tenerife, tenía unas reuniones en la empresa, y no sabía que yo tenía la cita con la doctora, lo había mantenido en secreto adrede.
Así que deje a mis hijos con leche materna suficiente para dos días, con sus abuelos, los padres de Eduard y mi padre, y mediante mi tío Dimitri, adorador de mi hija May, a la que se había declarado fiel esclavo, me arreglo tod