—Mi jornada de hoy ya terminó —dije.
—Vives en mi casa, comes en mi casa, duermes en mi casa. Mientras estés aquí, sigues mis reglas.
Sonreí, no era una sonrisa feliz. Era una sonrisa amarga, de las que había mostrado demasiado últimamente.
—¿Tus reglas? ¿Qué reglas? ¿Que me insultes todos los días? ¿Que me llames prostituta? ¿Que me encierres en esta mansión sin darme de comer?
Leon guardó silencio.
—¿O tu regla es que debo servir a Adrian y Sebastian, pero no puedo ser feliz con ellos?
—Yo nu