Al día siguiente, tal como dijo Adrián, Sebastian llegó.
Estaba sentada en la cama leyendo una novela vieja que había encontrado en el estante de la sala, una novela romántica con la portada ya gastada.
A mi lado, una taza de té de jengibre caliente que Adrián le había pedido a la empleada que me preparara antes de irse anoche. Las flores amarillas y blancas de Adrián seguían frescas en el jarrón, su aroma llenaba toda la habitación.
Llamaron suavemente a mi puerta.
—Adelante —dije.
La puerta s