Corrí a la habitación con el cuerpo temblando. El pijama de franela mojado se pegaba a mi piel, haciéndome sentir cada vez más incómoda. En cuanto la puerta de la habitación se cerró a mis espaldas, me quité el pijama y lo dejé caer al suelo.
Me quedé de pie frente al gran espejo de la esquina de la habitación.
Mi vientre era abultado y blando. Tenía estrías en la cintura y en los muslos, líneas blancas como arañazos que nunca desaparecían. Mis brazos eran grandes y colgaban cuando los levantab