XLIV. Monstruo
AMANDA
La casa a la que me trajo el Agt. Stevenson parecía deshabitada, no había ni un solo ruido, se podía incluso escuchar el impacto de un alfiler caer al suelo. La soledad, la tristeza y el dolor rezumbaban en cada rincón, era como si las paredes lloraran y sangraran cada segundo e hiciera un frio que calaba hondo en los huesos.
El agente me guio a una habitación en la segunda planta y me instó a acomodarme a mi gusto, dejándome en completa soledad. El cuarto era pequeño, pero tenía todo lo