—¡Dispara! ¡Si tienes suficientes agallas, entonces dispara, jaja! ¡Vamos a ver si tienes suerte o no! —Iñigo se retorció con histeria.
Lorenzo, imperturbable, tomó el revólver.
—Yo no voy a morir.
Con una ligera risita, levantó la pistola, apuntó directo a su sien y con un clic, ¡disparó!
En un instante, todos sintieron un fuerte nudo en la garganta. Después de una fracción de segundo, el lugar estalló en un estruendo ensordecedor.
Otra vez, nada sucedió. Solo había una probabilidad de sobrev