—¡Ah! ¡Lorenzo, puedo caminar por mi cuenta!
Lucía gritó muy asustada, pero Lorenzo no le prestó atención alguna. Sosteniendo con firmeza su cadera con una mano y agarrando su cintura con la otra, la llevó directamente al estacionamiento de la empresa. Abrió de inmediato la puerta del coche y la arrojó adentro.
—Secretaria Pérez, siéntate en el asiento del copiloto, ¡yo manejaré!
Lorenzo se sentó en el asiento del conductor y puso sus manos en el volante.
—¡Has sido demasiado brusco!
Lucía abrió