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Capítulo 5: La grieta en la armadura

POV Luna

A las dos de la tarde exactas, la sala de reuniones parecía un juicio donde ya se sabía el fallo. Los diez jefes principales estaban sentados muy quietos, rodeados de todos los papeles y pruebas que yo misma había mandado preparar. Julianna Partridge estaba en el lado más lejano de la mesa, mirándome con un odio tan fuerte que parecía capaz de congelarlo todo. Braxton, en cambio, estaba en la cabecera, y no dejaba de mirarme a mí con sus ojos azules, como si nadie más existiera en la habitación.

—Señores —empecé diciendo, mientras en la pantalla grande aparecían todas las cuentas—, esos cincuenta millones de dólares que faltan no fueron un error ni una mala racha. Fue un robo planeado durante tres años seguidos.

Todos empezaron a murmurar asustados.

—Eso es algo muy grave que dices —dijo el jefe de finanzas, sudando mucho—. Demuéstralo antes de decir mentiras sobre nosotros.

—Tienen la prueba en la página catorce de lo que les di —les respondí con mucha calma—. Hay tres empresas que no existen, registradas en lugares lejanos, que cobraban mucho dinero por supuestos consejos. Y quien manda en esas empresas es la señora Julianna Partridge.

Se hizo un silencio tan grande que se oía hasta respirar. Julianna se levantó de golpe y golpeó la mesa con sus manos llenas de anillos brillantes.

—¡Es mentira! —gritó muy furiosa—. ¡Braxton, no dejes que esta mujer nos humille así! ¡Lo hace solo para vengarse de nosotros!

Todos miraron hacia Braxton. Tenía la cara completamente blanca, como hecha de piedra. Muy despacio, miró el papel de la página catorce. Vi cómo apretaba los dientes con mucha fuerza al darse cuenta de que su propia madre había estado robando de la empresa que su padre había creado.

—Madre —dijo Braxton con una voz tan fría que nadie se atrevió a moverse—, siéntate. Y no vuelvas a interrumpir a la señorita Luna.

—¡Braxton!

—¡He dicho que te sientes! —gritó él tan fuerte que hasta las ventanas temblaron.

Julianna se dejó caer en su silla, pálida y muy avergonzada. Yo no sentí alegría ni ganas de ganar; solo sentí que por fin se estaba haciendo justicia. Seguí hablando y mostrando los papeles como si nada hubiera pasado.

—Hoy a las cinco de la tarde se dejarán de usar esas cuentas robadas. Tienen dos opciones: cambiar a los jefes malos ahora mismo, o tendré que llevar todo esto a la policía. Mañana por la mañana me dicen qué deciden.

Terminé la reunión y todos salieron casi corriendo de miedo. Me quedé recogiendo mis cosas, sabiendo que Braxton no se había movido de su sitio.

—Luna —me llamó cuando la puerta se cerró y nos quedamos solos.

—Si vas a pedirme que no diga nada de tu madre, estás perdiendo el tiempo —le dije—. Yo tengo que hacer mi trabajo sin mirar a quién perjudica.

Braxton se levantó y caminó hacia mí. No venía con rabia, se veía muy cansado y me miraba con mucha tristeza.

—No te voy a pedir que la defiendas —dijo parándose muy cerca—. Ella hizo algo malo y tendrá que pagar. Lo que me duele... es saber que tenías razón. Hace cuatro años ella me mintió diciendo que tú eras la mala, y yo fui tan tonto que le creí a ella antes que a la mujer que quería.

Sus palabras cayeron entre los dos como algo muy pesado. Era la primera vez que me decía que se había equivocado sin poner excusas. Sentí un nudo en el pecho, y apreté las manos detrás de la espalda para no dejarme llevar por lo que sentía.

—Que te arrepientas no cambia lo que pasó, Braxton —le dije con voz firme—. El daño ya está hecho y no se puede borrar.

Él dio un paso más hasta estar casi pegado a mí. Muy despacio, levantó su mano grande y cálida hasta tocarme la cara. Al sentir su piel, sentí una corriente fuerte que me recorrió todo el cuerpo. Mi cuerpo se acordó de golpe de todas las veces que me abrazó y de todas las noches que pasamos juntos.

—Déjame arreglarlo, Luna —me pidió muy bajito, mirándome a los ojos con mucha desesperación—. Dame estos tres meses no solo para salvar la empresa, sino para intentar volver a ganarme tu confianza. Haré lo que me pidas. Me pondré de rodillas si hace falta. Solo no me cierres la puerta para siempre.

Me costaba mucho respirar. Estaba a punto de decir algo, cuando de repente se escuchó un ruido fuerte por el altavoz y la voz asustada de mi asistente Clara:

—¡Señorita Luna! ¡Por favor conteste! ¡Es una emergencia muy grande!

Sentí un frío terrible por todo el cuerpo. Braxton dejó de tocarme la cara y frunció el ceño. Yo saqué el teléfono con manos que me temblaban mucho.

—¿Clara? ¿Qué pasa? —grité poniendo el altavoz sin darme cuenta.

—¡Luna, lo siento muchísimo! —decía Clara llorando y muy asustada—. Llegaron muchos periodistas y fotógrafos a la guardería preguntando por ti y por la empresa Partridge. En medio del lío... ¡alguien se llevó a Mateo!

Sentí que el mundo se me venía encima. Todo a mi alrededor se volvió borroso y dejé caer el teléfono al suelo.

—¿Luna? —preguntó Braxton con una voz que se puso muy seria y peligrosa—. ¿De qué niño hablan? ¿Quién es Mateo?

No tuve tiempo de inventar ninguna mentira. De repente, la pantalla grande de la pared se encendió sola con las noticias:

Un periodista hablaba desde la puerta de la guardería, con luces de coches de policía detrás:

«...Estamos contando lo que pasa en vivo. Se sabe que el hijo secreto de la consultora Luna Wallace ha desaparecido de este lugar. La policía ya ha dado a conocer la primera foto del pequeño Mateo...»

En la pantalla gigante apareció la cara de mi niño.

Tenía mi pelo castaño y mi sonrisa... pero lo que más se veía eran sus ojos, unos ojos azules idénticos a los de Braxton, que no se pueden confundir con nadie más.

Se hizo un silencio tan terrible que daba miedo. Muy despacio, giré la cabeza para mirar a Braxton. Tenía la cara pálida, pero no dejaba de mirar la foto del niño. En ese momento lo entendió todo: por qué me fui, por qué no dije nada, el nombre del niño y esos ojos que eran iguales a los suyos.

Braxton se giró hacia mí. Tenía la cara llena de rabia, de culpa y de un dolor muy grande.

—¿Un niño de tres años? —dijo con una voz tan baja y peligrosa que parecía mover el aire—. Dijiste que te fuiste sin nada, Luna. ¿Me escondiste a mi propio hijo?

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