Mundo de ficçãoIniciar sessão
POV LUNA
Hace cuatro años salí de esta misma sala de juntas hecha pedazos. Todavía recuerdo perfectamente cómo tenía las manos heladas, cómo las lágrimas no dejaban de caerme y arruinaban todo mi maquillaje, y cómo me temblaban tanto los dedos que casi no podía agarrar mi bolso. Allí dentro, muy escondida, llevaba la primera ecografía de mi hijo. Ese día no solo perdí a mi marido y mi matrimonio; perdí también mi dignidad y todo ese futuro bonito que creía que íbamos a construir juntos. Hoy, al volver a cruzar esa gran puerta de madera, lo único que ha cambiado es que ya no tengo nada más que me puedan romper. Me acomodé bien el saco de mi traje blanco y caminé con paso firme por encima de la alfombra gruesa. En el piso cincuenta de Partridge Corp el aire siempre huele a mucho dinero y poder, pero hoy se sentía distinto: se respiraba miedo por todas partes. Todos los hombres de la junta me miraban en silencio absoluto, con las caras pálidas y muy preocupados. Su gran empresa se estaba cayendo a pedazos por un escándalo de sobornos y mentiras que amenazaba con dejarles sin absolutamente nada. Me paré justo al final de la mesa larga y mantuve la espalda bien recta y la cabeza muy alta. —Señores —dije asegurándome de que mi voz sonara fuerte y segura, sin que se notara ni un solo temblor—. Soy Luna Wallace, de la empresa de consultoría Vane. Estoy aquí porque su compañía se va a hundir muy pronto, y yo soy la única persona dispuesta a salvarla antes de que sea demasiado tarde. Un murmullo bajo y tenso recorrió toda la mesa. Vi en sus ojos que me reconocían: algunos sabían exactamente quién era yo, la esposa que desapareció sin dejar rastro hace años. Otros solo veían a una mujer demasiado joven para hablarles con tanta frialdad. Pero antes de que nadie pudiera decir ni una palabra, las puertas dobles se abrieron de golpe con un ruido muy fuerte. Unos pasos pesados y lentos cortaron todo el silencio de la sala. Sentí como si un escalofrío eléctrico me recorriera toda la espalda antes de siquiera levantar la vista. Mi cuerpo no había olvidado, aunque mi mente se esforzara por creer que ya lo había superado todo. Braxton Partridge entró en la habitación. Se veía tan imponente como siempre, casi demasiado perfecto. Su traje negro le quedaba increíble, marcando su cuerpo fuerte y ancho. Tenía la mandíbula muy apretada, con esa mirada seria y peligrosa que yo conocía tan bien, y su pelo rubio estaba peinado hacia atrás con demasiada perfección. Pero cuando sus ojos azules como el hielo se encontraron con los míos, sentí que todo el mundo se quedaba quieto a mi alrededor. Primero vi la sorpresa en su cara. Después esa rabia que siempre le caracterizaba. Y al final, apareció ese brillo extraño de querer tenerme solo para él, que me hizo apretar los dientes con fuerza. Se detuvo a solo un metro de mí. Su olor, esa mezcla de madera y lluvia fresca, me golpeó de lleno y me trajo tantos recuerdos bonitos y tristes a la vez, que tuve que hacer un esfuerzo enorme para no mostrar nada de lo que sentía. —¿Tú? —dijo con una voz ronca y baja, llena de amenazas—. ¿Qué demonios haces aquí, Luna? No me eché ni un paso atrás. Lo miré fijamente a los ojos y dejé que una sonrisa fría apareciera en mis labios. Él esperaba encontrar a la chica débil que lloraba por él, pero esa mujer murió hace mucho tiempo. —Vengo a hacer mi trabajo, señor Partridge —respondí con calma, disfrutando de lo lejos que sonaba ese título—. El consejo me contrató para salvar lo que queda de su imperio. Por favor, siéntese. Estamos en medio de una reunión importante. Todos los presentes soltaron el aire de golpe, como si no pudieran creer lo que oían. Nadie se atrevía a hablarle así al dueño de todo. Hace unos años, yo habría bajado la cabeza enseguida para no tener problemas. Hoy lo trataba con la misma indiferencia que a cualquier cliente difícil. Braxton apretó los puños a los costados hasta que sus nudillos se pusieron blancos. —Esta es mi empresa, Luna —dijo, y dio un paso hacia mí, metiéndose en mi espacio personal—. Yo no te pedí que vinieras. Lárgate de aquí ahora mismo. Levanté una ceja y no aparté la vista de él ni un segundo. —Sus acciones dicen lo contrario —le contesté—. Me buscaron a mí porque usted no ha sido capaz de arreglar este desastre. Si no quiere perderlo todo, necesita mi ayuda. Pero mi trabajo tiene un precio. —¿Qué precio? —gritó casi, acercándose todavía más a mí. Saqué mi maletín muy despacio y con calma, y puse el contrato sobre la mesa de madera brillante. —Un contrato de noventa días —dije para que todos me oyeran claro—. Tres meses en los que yo decidiré todo lo que tiene que ver con el dinero. Durante ese tiempo, ni usted ni su familia podrán decir ni hacer nada sobre mis decisiones. Y cuando se acabe el plazo, me llevo mi dinero y me voy. Para siempre. Braxton miró el papel un momento y luego volvió a clavarme la vista en la cara. Sabía exactamente lo que estaba pensando: no le importaba lo que le iba a costar, sino tener tres meses para tenerme cerca otra vez, intentar controlarme y pedirme todas las explicaciones que se le quedaron pendientes. —Te doy tus noventa días, Luna —dijo, agarró la pluma y firmó con tanta fuerza que casi rompe la hoja—. Tres meses para demostrarme que vales lo que pides. Guardé el documento firmado con mucha calma, como quien ya ha ganado la primera batalla. Me colgué mi credencial al cuello, sabiendo que el reloj en mi cabeza ya había empezado a contar. —Tres meses para salvar su empresa, señor Partridge —sentencié, y me di la vuelta sin esperar su permiso—. Ni un minuto más. Caminé hacia la puerta con la cabeza bien alta, sintiendo cómo su mirada me quemaba la espalda por completo. Él creía que me tenía atrapada en su juego. No tenía ni idea de que cuando se acabe ese tiempo, desapareceré de su vida para siempre... y esta vez, me llevaré conmigo el secreto de su hijo.






