Me crucé una mirada con Lucas, quien apretó mi mano como temiendo que huyera, y nos acercamos al arroyo.
—Abuelo, he traído a mi novia a conocerte —dijo Lucas en voz baja, con tono cálido y sonriente.
Jorge se incorporó al oírnos, apartando la vista de su libro hacia nosotros.
Aunque tenía el pelo blanco, se le veía con buena salud. Su mirada transmitía una autoridad y dignidad forjadas por los años que inspiraban respeto inmediato.
—Buenos días, abuelo. Soy María.
Jorge sonrió: —María, por fin