—Ya está... Jimmy nos está mirando, se está riendo de ti —bromeé, alzando la barbilla porque me abrazaba muy fuerte.
Solo entonces me soltó, me pellizcó la mejilla y subió al auto.
Lo vi alejarse con una sonrisa en los labios, anticipando con ilusión nuestro encuentro de la noche.
Al darme la vuelta para ir al estacionamiento, alcé la vista y me encontré con la última persona que quería ver.
Antonio.
Sentado en su silla de ruedas, empujado por su secretario, venía hacia mí.
Me quedé paralizada,