Observé la escena sin expresión, mi corazón frío como el hielo. Su manera de disculparse carecía totalmente de sinceridad y, en realidad, solo empeoraba la situación. Cualquier observador ajeno pensaría que yo estaba abusando de una pobre anciana, obligándola a arrodillarse en público.
Me dirigí a Antonio con tono neutral: —No hay rencor entre nosotros ni necesito que se arrodillen. Es la ley quien castigará a tu hermana, no yo.
Con un simple gesto de mi mano, Lucas empujó mi silla esquivándolos