—¿Está a punto de morir alguien? —pregunté con malicia a Antonio mientras abría la puerta, todavía aturdida por los efectos de las pastillas para dormir—. ¿Isabel está agonizando?
Esas palabras lo enfurecieron por completo.
—¡María! ¡No seas tan cruel! —exclamó Antonio con una expresión sombría que jamás le había visto.
Sin ganas de discutir, intenté en ese momento empujarlo fuera para cerrar la puerta.
Pero Antonio fue más ágil: de una patada brutal abrió la puerta y me agarró del brazo.
—¡Anto