—¡Ay, tampoco soporto estos lugares tan bulliciosos, me va a estallar la cabeza! —exclamó Mariana, haciendo un gesto con la mano mientras le indicaba al mesero que la seguía—. Déjelo aquí, por favor.
El mesero colocó en la mesita de la terraza una variedad de bocadillos, algunos platos y una botella de vino tinto.
—María, siéntate. Apenas has comido esta noche, come algo —me invitó Mariana mientras tomaba asiento.
No me quedó más remedio que acompañarla.
—Mariana, me has engañado bastante bien.