—Ahora entiendo por qué sabes preparar sopas y sueros —comenté, evocando aquella ocasión en que me cuidó cuando estaba ebria.
—No es nada del otro mundo —respondió Lucas con total naturalidad.
Después de nuestra extensa conversación, todas mis dudas habían quedado resueltas. Me sentía ligera, despejada y alegre.
Lucas, percibiendo mi alivio, me preguntó con una sonrisa pícara: —¿Ya no crees que nuestra familia quiere aprovecharse de ti?
Me ruboricé, sintiéndome avergonzada: —Lo siento, fui muy d