Lucas me invitó con un gesto sutil: —Ven, vamos al balcón del segundo piso. Hay menos gente.
Abrí los labios, algo indecisa: —¿No tienes que atender a los invitados?
—¿No eres tú una invitada? —Me respondió con un tono que sugería que acompañarme era parte de su labor.
Mi rostro se encendió mientras lo seguía. La brisa nocturna rozaba mi piel, y el aroma de la vegetación de la montaña me envolvía. La pregunta que me rondaba volvió a surgir.
—Señor Montero, yo...
—María, tú...
Un instante de sile