Pasó un mes. Solo un mes desde aquella noche en que Mara había decidido quedarse, pero con un muro de hielo entre ellos. Treinta días de silencio, de miradas que se cruzaban y se desviaban, de palabras que se quedaban atrapadas en la garganta como espinas. Treinta días en los que Mara se iba temprano y regresaba tarde, siempre con la excusa de visitar a su madre, de acompañar a Maritza, de ir a ver al abuelo Félix. Y Joaquín, desde la distancia, veía cómo ella se alejaba un poco más cada día, c