La noche había caído sobre el penthouse como un manto de silencio y traición. Las luces de la ciudad parpadeaban al otro lado de los ventanales, ajenas al huracán que se gestaba en el interior. Joaquín abrió la puerta con cuidado, esperando encontrar a Mara dormida, como la noche anterior. Pero esta vez, ella estaba despierta.
No estaba en el sofá. Estaba de pie junto a la ventana, con la espalda recta y los brazos cruzados sobre el pecho. Llevaba el mismo vestido azul de la noche anterior, el