Desde el ejército

Santiago observó su rostro pálido, tan pálido que parecía casi transparente, y algo en su pecho se retorció violentamente.

—Lo siento —dijo en voz baja—. Llegué tarde.

Leticia apretó los labios, obligándose a sonar firme.

—No necesito tus disculpas. Yo...

De repente, su visión se volvió borrosa.

Todo se oscureció.

Su cuerpo se inclinó hacia atr&

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