Caleb estacionó su auto afuera de un café tranquilo en las afueras de la ciudad. Revisó la hora antes de entrar.
Un hombre de unos cincuenta y tantos años ya estaba sentado junto a la ventana, removiendo una taza de café distraídamente. En cuanto vio a Caleb, se puso de pie con una sonrisa. —Ha pasado mucho tiempo.
—Así es.
Caleb le estrechó la mano antes de tomar el asiento frente a él. —Gracias por aceptar verme.
El hombre mayor asintió. —Sonabas serio por teléfono.
—Lo estoy.
Una mesera se a