ANDREA
Las frías rejas metálicas se cerraron tras nosotros con un fuerte estruendo que resonó en el estrecho pasillo, y por primera vez, sentí algo que no quería admitir. Ya no era solo ira, ni tampoco solo frustración.
Era miedo.
Me quedé allí un instante, apretando los puños mientras intentaba asimilar todo lo que acababa de suceder. Mi pecho subía y bajaba rápidamente, y por mucho que intentara mantener la calma, mis pensamientos se desbocaban.
«Esto es ridículo», murmuré entre dientes, sacu