Cuando el lunes amaneció, la luz que se colaba por los resquicios de las ventanas daba a entender que haría un día brillante. Aunque en San Francisco no se sabía pues a pesar de estar en la estación seca, la ciudad de El puente dorado contaba con sus propios microclimas.
Samantha estaba entrando en la empresa cuando le sonó el móvil. Los tacones resonaban en el suelo de mármol blanco del vestíbulo mientras se dirigía hacia el ascensor.
—Llevas minutos de retraso, Gin. Si te levantaste ahora pue