CAPÍTULO 64:
—Joder, Aria... —Él le hundió dos dedos sin previo aviso, curvándolos contra ese punto que hacía que sus rodillas flaquearan. Ella soltó un grito, acariciándolo más rápido en represalia.
Se tocaron así durante largos minutos: la mano de ella bombeando su longitud, los dedos de él follándola, el pulgar moliendo su clítoris en círculos implacables.
Los gemidos llenaron la habitación: los de ella agudos y desesperados, los de él bajos y guturales.
—Necesito más —jadeó ella—. Dentro de