Elisabeth, aún no creía que Dante estuviera frente a ella, pero le veía serio y distante. Tenía ganas de abrazarle y decirle lo mucho que se arrepentía, que lo quería mucho.
-¿Puedo pasar? - su voz ronca le erizó la piel.
-Si, claro. - le dejó espacio para que pasara.
Dante pasó y miró el salón, pero no había rastro de los niños. Escuchó la puerta cerrarse y se giró.
-¿Quieres tomar algo? - el negó.
-No, quiero ver a mis hijos. - respondió tajante.
-Claro, voy a ir a por ellos. - tragó saliva