Su coño cálido y acogedor. La misma vida fluyendo a través de su cuerpo. Sus sonrisas. Su voz. Su risa. Conversaciones con ella. Su ingenio y tacto. Todo lo que la conformaba era suyo.
—Misericordia. Misericordia. Papi. Misericordia —suplicó ella, gimiendo debajo de él, antes de volver a gemir su nombre, con la fuerte presión de su coño alrededor de su polla sin ceder.
—En un minuto, nena. A papi le gusta lo que pasa después de tres —dijo Harry, el hijo de puta depravado que era.
La piel chocab