BAJO LA TORMENTA.
Llovía cada vez más fuerte y el oleaje golpeaba brutalmente el bote. Elizabeth y David se aferraban al bote con todas sus fuerzas para no caer al mar; sin darse cuenta, con el vaivén de las olas, se habían quedado sin remos.
Los terribles truenos estremecían todo con su estruendo y el viento azotaba el bote de manera implacable.
Después de varias horas, la lluvia cesó. A lo lejos se veía cómo el sol se asomaba. Exhaustos, Elizabeth y David dormían en el bote.
A medida que el sol llegaba a su pu