DEREK MAGNANI
Con cuidado, Sloane bajó de mi espalda, temblorosa y asustada, incluso mareada, pero me pareció que no era por mi habilidad de simio al colgarme de las ramas. Se apoyó en la corteza del árbol más cercano y cubrió su boca, como si estuviera conteniendo el vómito.
—¿Estás bien? —Su semblante verdoso me preocupó y ella solo asintió, pero no le creí. Era como si se fuera a desmayar en cualquier momento. Entonces los gritos dentro de la oficina fueron más evidentes.
Se trataba de la