CAPÍTULO 3: ENSEÑANDO A SU BUENA HIJA
PUNTO DE VISTA DE SIDNEY
No sé cuánto tiempo nos quedamos mirándonos. Parece que han pasado horas y, a la vez, es como un único latido congelado.
Está parado en la puerta de mi casa, todavía con su ropa de trabajo: pantalones de color carbón, camisa blanca abotonada con las mangas remangadas sobre esos antebrazos venosos, la corbata suelta como si hubiera empezado a desvestirse en el momento en que se subió al coche.
Sus llaves siguen en su mano, congeladas