El pulso de Joelle martilleaba en su garganta. Sabía que estaba jugando con fuego. Ese hombre podía destrozar su carrera con una sola llamada. Pero la forma en que volvía a mirar su boca, la forma en que su polla dio una sacudida como si quisiera alcanzarla, hizo que apretara los muslos contra el repentino dolor que sentía entre las piernas.
Se pasó la lengua por los labios otra vez, esta vez más despacio, y vio cómo los ojos de él se oscurecían hasta volverse casi negros.
—Señor Sinclair… —sus