Era el cuarto domingo del mes, y por alguna razón el sol decidió castigar a los feligreses con su fuerza arrolladora. Con el abanico en la mano, el aire caliente le golpeaba la cara a Amara mientras intentaba, en vano, refrescarse. Hacía tiempo que no iba a la iglesia, y su madre insistía en que se pusiera algo elegante. El vestido oscuro no le favorecía en absoluto con el calor caribeño.
Cuando llegó a la iglesia con su vestido color ciruela que le picaba, la recibieron con un coro de besos y