Trabajar de camarera en bodas, para mi desgracia, siempre seguía el mismo patrón. La bebida ya corría a raudales cuando yo servía los primeros platos de comida, y para cuando recogía los postres, algún tipo ya se había envalentonado lo suficiente como para empezar a ligar conmigo. Mis rechazos amables no servían de nada, y una vez que se servía el bufé de la noche, le decía educadamente pero con mucha firmeza que no estaba interesada. Esto tampoco funcionaba, y al final de la noche o bien evita