La lluvia caía a cántaros cuando por fin empujé la pesada puerta de madera de The Hollow, de esos bares de barrio que todavía tenían panelado de madera de verdad y una máquina de discos que funcionaba. El pelo se me pegaba a la cara, la blazer estaba empapada y los tacones que había llevado a la oficina ahora chapoteaban con cada paso. Me dejé caer en un taburete al fondo de la barra, lejos de los pocos clientes que había.
—¿Noche dura?
La voz era grave y suave. Levanté la vista. El bartender q