Tragué saliva y asentí lentamente, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho mientras las palabras de Lizzie calaban en mí. Con Lizzie se sentía fácil. Esta no sería la primera vez que me veía desnuda.
Mi piel se sentía eléctrica, cada nervio vivo con el calor que se acumulaba entre mis piernas.
Podía sentir lo empapadas que estaban ya mis bragas, pegadas a mis labios vaginales hinchados.
—¿Estás lista? —preguntó Lizzie, acomodándose en su silla.
—Sí —suspiré, asintiendo una vez.
Tomando