—¿Qué? —La miré como si de repente le hubieran crecido dos cabezas—. ¿Estás loca?
—No, no lo estoy —respondió ella, agarrándome los brazos con más fuerza.
—¿Una fiesta sexual? —Me aparté de su agarre—. ¿En serio, Liz? ¿Una puta fiesta sexual?
—Sabía que te opondrías… —murmuró por lo bajo, apretando la mandíbula.
—Sí. —Crucé los brazos sobre el pecho—. Y aun así me lo pediste.
—Porque no puedo ir sola. —La frustración se filtró en su voz.
—Eso no se supone que sea mi problema. —Empujé la silla h