Su aliento se demoró en mi oído, cada palabra deslizándose por mi espina dorsal como una caricia lenta y peligrosa.
«¿Quieres jugar en mi clase?», murmuró. «Entonces jugarás según mis reglas».
Todo mi cuerpo tembló. El peso de su voz, su cercanía, la absoluta autoridad con la que se alzaba sobre mí… todo me aplastaba hasta que sentí que no podía respirar.
«P-por favor…», mi voz se quebró, pequeña y desesperada.
Rodeó la silla para mirarme de frente, su mirada afilada, hambrienta e implacable. «