Sus ojos se clavaron en los míos, intensos y sin piedad, esperando. El silencio en la oficina era tan pesado que podía oír mi propia respiración acelerada.
«Por favor, profesor Grant», susurré, mi voz temblorosa. «Haré lo que sea. No puedo perder la beca… es todo lo que tengo».
Él no se movió, solo me observó un segundo más, como si estuviera midiendo cada palabra. Luego se enderezó lentamente, rodeando el escritorio hasta sentarse en su silla, pero sin romper el contacto visual.
«Lo que sea»,