Cerré los ojos, dejando que el calor de él me arrullara por ahora. Pero la tormenta dentro de mí no se calmó. Seguía girando, oscura e implacable, arrastrándome hacia abajo.
¿Cuánto tiempo podría mantener esto antes de que me rompiera? ¿Antes de que nos rompiera a todos?
No lo sabía.
Y eso era lo que más me aterrorizaba.
La culpa no desapareció cuando llegó la mañana. Solo cambió de forma… más afilada, más silenciosa, alojada en algún lugar entre mis costillas como una astilla que no podía saca