Ciento cinco

La capa de lona que pertenecía a Esther olía fuertemente a pelo de mula húmedo y a heno viejo. El grueso dobladillo se arrastraba por los charcos fríos de barro entre los troncos de cedro.

Tuve que bajarme la capucha casi hasta los ojos porque aguanieve empezaba a convertirse en pesados granos de hielo. Estos me golpeaban las mejillas cada vez que levantaba la cabeza para comprobar la línea de la cresta.

El saco de nabos pesaba sobre mi hombro izquierdo. La tosca arpillera raspaba mi clavícula
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