La silueta de Carter giró bruscamente, ahora de espaldas al caos que había orquestado. El chasquido de sus zapatos contra el mugroso cemento, resonó cuando Paul corrió hacia él, con la incredulidad grabada en su rostro cansado.
—¿Qué hiciste? ¿Has enloquecido? Prometiste que no le inyectarías ese veneno si te daba información, ¡Y mentiste! —. La voz de Paul sonó sorprendida, porque Carter no había cumplido su palabra.
A pesar de que Orestes no se lo merecía, los Hall eran hombres de palabra, y