TROY
Me senté bajo la luz tenue de nuestro escondite en la montaña, con una sonrisa engreída y satisfecha extendiéndose por mi rostro mientras acunaba al bebé que gimoteaba en mis brazos. El bebé Carlos era un peso pequeño y frágil contra mi pecho, pero representaba la victoria definitiva: una moneda de cambio viva y palpitante que obligaría a Bárbara a doblegarse finalmente a mi voluntad. Saqué el teléfono desechable, con los pulgares flotando sobre las teclas, sabiendo que en el segundo en qu