CAPÍTULO TREINTA Y SIETE: MÁS INTELIGENTE QUE NADIE
MARÍA EUGENIA
¿A dónde había llegado? ¿A qué infierno había llegado? ¿Por qué Dios me había encomendado hacer esto a mí? No podía siquiera moverme del lugar que había escogido para que el hombre frente a mí no me tomara tanta atención. En mis manos aún tenía a mi pequeño cachorro que ya se quería bajar pero la verdad es que conocía este tipo de gente, era tan especial que seguro no iban a soportar que las patitas de Belly pisaran este suelo.