Llegaron y ya los estaban esperando en el aeropuerto, subieron a su Audi A3 Sportback y fueron a la residencia que tenía Lucciano.
— Bienvenido señor. — Saludó Digna, el ama de llaves.
— ¡Hola Digna! La señorita es mi prometida, Luggina Pierre.
— Un gusto señorita Pierre.
— Hola, Digna.
Digna la miró con un disimulado desagrado, para ella Dayanara nunca dejó de ser la señora de esa casa.
— ¿Los señores van a comer?
— No Digna, mi mujer y yo saldremos a cenar.
— Con el permiso de los señores m