—¡Oh, Dios mío! —Carl saltó de la mesa, sorprendiendo no solo a los otros estudiantes de medicina con los que comía, sino también a los otros ocupantes del restaurante. Ni siquiera se dio cuenta de sus miradas.
Agarró la última edición del San Francisco Chronicle en su mano y salió corriendo del restaurante.
Eran ya las siete menos cuarto de la tarde del viernes cuando se subió al siguiente teleférico de la calle Market en dirección al Embarcadero. Bajó justo antes de llegar al Hotel Grand,